La experiencia de la ciudad y de los territorios antropizados ha venido transformándose en las últimas décadas. La condición de urbanidad tradicionalmente asociada a lo centralizado, gravitatorio, acumulativo se diluye, dando paso a un sinfín de trazas, que se describen en la terminología urbanística a partir de la incorporación del prefijo des: desterritorialización, descentramiento, desarticulación, desmembramiento, desregulación, etc. Todos estos conceptos aluden a la desaparición de algunas condiciones, que la gradual conformación de la ciudad moderna, encarnó sobre la cultura humana.
Aquel espacio urbano, lugar del acontecer cotidiano de la vida ciudadana, construido y reinventado constantemente como producto cultural, derivado de una práctica social específica, va dejando lugar a nuevos procesos y fenómenos.
Los territorios en la contemporaneidad adquieren, cada vez más claramente, un aspecto difuso y complejo, producto de la evolución de los mecanismos de las redes productivas especializadas y las lógicas globales de explotación de recursos, que se manifiestan en veloces y a veces inestables transformaciones de funcionalidades territoriales, formaciones dispersas y extensivas, organizadas tácticamente en función de una alta interactividad con procesos de diversas escalas.
Las tendencias generales son visibles también en nuestro territorio, especialmente como resultado espacial del escenario económico de la última década, período en que se registra un sostenido crecimiento, luego de décadas de estancamiento y enormes fluctuaciones (1).
Si bien resulta polémico dilucidar continuidades o cambios estructurales en la matriz productiva o en el modelo de desarrollo y tampoco son materia de estas notas, resultan evidentes las transformaciones en sectores económicos específicos, que impactan en la estructura urbana y territorial. Los sectores asociados al aumento de la inversión extranjera directa: la emergencia de la agroindustria, especialmente la sojera (2), los servicios empresariales asociados al crecimiento de zonas francas y polígonos logísticos, el crecimiento del sector turístico y la industria forestal. Y por otro lado cuantitativamente menos relevante pero de gran significación en cuanto sector “emergente”, actividades offshoring , en servicios calificados que ni se proveen ni se consumen en Uruguay, posibilitadas por el desarrollo de las tecnologías de información y comunicación. Otro factor importante lo constituye la agenda de inversiones públicas infraestructurales, que si bien intenta cubrir un déficit histórico en múltiples dimensiones, se ve presionado y acelerado por la demanda específica de los sectores económicos en crecimiento, representando en 2012 el 5,08 del PBI (3).
Como consecuencia, los cambios en la producción del territorio son más que significativos, impulsando la conformación de una matriz urbano-territorial de parches inconexos, que responden a las lógicas de la acumulación dictada por modelos meramente técnicos y fabulosamente desmesurados. El resultado: una localización yuxtapuesta de fragmentos hiperespecíficos, sin solución de continuidad. Sin una visible forma de organización, que no sea la de la pura conveniencia y la más dura racionalidad. Y con una alta volatilidad en la medida que la rentabilidad disminuya, pudiendo dejar a su paso enormes infraestructuras en desuso y sectores abandonados.
Roberto Fernández denomina escenarios posurbanos a los espacios así conformados, a los cuales caracteriza como “las nuevas configuraciones territoriales devenidas de efectos del comportamiento del capitalismo tardío o globalizado, que diluyen la característica centralidad urbanística convencional y avanzada [áreas metropolitanas organizadas alrededor de un polo urbano] y que parecen configurar organizaciones de asentamientos extremadamente dispersivos en vastas áreas territoriales, relativamente conectados por hard-systems [canales y medios de transporte de energía, materiales y personas] y más aún por soft-systems [canales y medios de transporte de flujos de información]” (4).
Estos nuevos tipos de espacio, productos genuinos devenidos de la liberalización de posguerra que alcanza el apogeo entre los 70 y 80, acompañan los procesos de globalización y materializan la llegada a tierra de las redes poscapitalistas. Al decir de David Harvey, “el espacio solo puede ser conquistado a través de la producción de espacio” (5), o dicho de otro modo, las localizaciones de enclave que hoy perforan los territorios, no son otra cosa que la avanzada del sistema sobre un territorio a explotar, en una época de aceleración de los negocios. Basta observar las estrategias de planificación de extracción de recursos al estilo IIRSA, y sus consecuencias directas en el territorio nacional, para comprender con claridad las tácticas que operan en lo micro-local.
Una característica singular de estos procesos, deriva de las escalas y los tiempos de estas acciones, que resultan generalmente excesivas. Adicionalmente, la desconexión entre operaciones, remite a un tipo de orden imposible de ser percibido desde la óptica de aquel ciudadano, que se orientaba interpretando el sentido de la urbanidad tradicional. Y también interpela la propia actividad planificadora tradicional y sus roles articulados de control y producción de lo urbano-territorial. Parece ser que las lógicas de “producción de espacio”, una vez más nos son ajenas.
Estas cuestiones tienen a la vez un correlato urbano y uno territorial. Necesariamente afectan la conformación del artefacto urbano, a la vez que modifican las estructuras territoriales a mediana y gran escala. La exploración de estos fenómenos ha sido la intención subyacente a los ejercicios sobre los casos que se exponen en esta publicación.
El primer caso trata sobre el territorio al oeste del Cerro de Montevideo y su explosiva incorporación de artefactos logísticos y productivos. El segundo sobre un sector del oeste del departamento de Colonia que ha perfeccionado su rol de puerta de salida de mercancías, mientras silenciosamente ha desarrollado conexiones con redes de turismo y ocio de lujo a nivel regional.
El interés del ejercicio radica en observar críticamente los procesos en desarrollo y proponer alternativas que no sean rancias ni retrógradas, a la vez que tampoco sean meramente condescendientes con ellos. El desafío actual, tal como lo menciona Cacciari (6), no consiste en intentar reconstruir la urbanidad histórica, lo cual constituiría una visión reaccionaria por excelencia. Tampoco exaltar las condiciones de lo fugitivo, lo transitorio y lo vacío de la condición contemporánea, preconizando la pérdida de lo urbano. La cuestión del debate parece ser reflexionar sobre un modo nuevo de urbanidad, adecuado a nuestro sentir y a las actividades que hoy desarrollamos. En definitiva construir una nueva relación entre cultura y ciudad, cultura y territorio, más adecuada a nuestros tiempos.

Notas

1. Para el período 2005-20013 el PBI AUMENTÓ UN 65%, creciendo a una tasa promedio anual de 5,7%. MEF, Rendición
de cuentas 2012, ver: https://www.mef.gub.uy/documentos/20130701rendicion_cuentas_2012_documento.pdf

2. El precio promedio por hectárea de tierra se incrementó un 430%, pasando de 664 dólares en 2004 a 3519 dólares en
2013. MGAP, Dirección de Estadísticas Agropecuarias, ver: http://www.mgap.gub.uy/portal/afiledownload.aspx? 2,5,55,O,S,0,7831%3bS%3b2%3b26

3.CEPAL Base de Datos de Inversiones en infraestructura Económica en América Latina y el Caribe, http://www.cepal.org/cgi-bin/getProd.aspxml=/prensa/noticias/comunicados/9/53979/P53979.xml&

4. Fernández, Roberto: “Derivas. Arquitectura en la cultura de la posurbanidad”, Centro de Publicaciones de la Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 2001

5. Harvey, David: “La condición de la posmodernidad. Investigaciones sobre los orígenes del cambio cultural”, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1998

6. Cacciari, Massimo: “La ciudad”, Editorial Gustavo Gili, Madrid, 2009


 

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